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Lo que aprendí al cambiar de carrera

Actualizado: 26 ene

En el 2017 decidí dejar atrás la vida de oficina, y dedicarme a escribir.

Pero para escribir necesitas estar en la sintonía correcta, con la cabeza en su lugar y con bajos niveles de estrés. Sin embargo, también necesitas tener ingresos cuando tienes una hija y cuentas que cumplir a fin de mes.

Busqué un trabajo flexible mientras efectuaba la transición, algo que pudiera adaptar a mi horario de disponibilidad, de cinco de la tarde hasta las diez de la noche.

No tenía muchas opciones, tal vez trabajar en un supermercado, o en un restaurante. Pronto aprendí que hasta para estos tipos de empleos buscan horarios firmes de 8 horas.

Gracias a una amiga encontré uno que se me adaptaba como anillo al dedo. Conseguí un empleo con personas que estaban al final de sus vidas, bajo cuidado paliativo.

Cuando los doctores se dan cuenta que el tratamiento no ha funcionado y ya no hay más vías que utilizar sin crear mayor daño al individuo, le diagnostican al paciente con “fase terminal”.


A pesar de tanta tecnología, a los doctores todavía les cuesta atinar con precisión sobre el tiempo que le queda de vida a alguien. A algunos les decían “te quedan tres meses” y vivían más de un año, o predecían seis meses y morían en un mes.

Es muy difícil saber cuánto tiempo de vida le queda a ese paciente, por lo tanto, no pueden continuar en el hospital indefinidamente. Hay que liberar la cama de hospital para otras emergencias, y así se les envía a sus hogares, y allí ingresaba el equipo de cuidado paliativo, en donde yo había tomado el empleo.

Ese fue mi punto de entrada al sector en donde ahora trabajo medio tiempo, llamado Servicio Social y Salud, aunque estoy entrenando en algo más específico, salud mental.

Cuando hice la entrevista me preguntaron si podía tolerar estar en contacto con líquidos corporales, y puedo lidiar bien con orina, flema, saliva, pus, pero no lo hago muy bien con sangre.

Sin embargo, este ha sido uno de los trabajos más gratificantes que he tenido, uno de esos trabajos que son para el corazón, donde paradójicamente trabajas con personas que están muriendo y tú comienzas a valorar más la vida.

Siempre que tengas un trabajo en donde puedas aplicar compasión y empatía es muy positivo para tu espíritu y por ende, para tu organismo. Te sientes útil, y te hace producir serotonina y dopamina, dos neurotransmisores muy importantes para nuestro bienestar.

Así es la naturaleza, cuando eres cuidador, te recompensa para que seas fuerte y le cuides al otro.

Me toca viajar por el campo y ver el paisaje. Allí me pregunté por qué me encerré tanto tiempo en una oficina en vez de buscar otras opciones y trabajos al aire libre.

Voy a una casa 30 minutos y luego conduzco a otra para hacer lo mismo, proveer medicación controlada que no sean inyectables, proveer la merienda o la cena que generalmente son comidas ya preparadas que sólo requieren ponerse al horno y luego ayudarl a comer si no pueden hacerlo solos.

Recibes mucho entrenamiento antes, porque trabajas con personas con extrema vulnerabilidad y te hacen chequeos en tu prontuario policial y laboral, por obvias razones.

Trabajo cinco horas por día, lo máximo que puedo hacer debido a la energía que me requiere esta labor.

Puedes charlar con los pacientes, porque muchos estan en plena conciencia de que su tratamiento se ha detenido, ahora es cuestión de manejar el dolor, aceptar la situación y pasar todo el tiempo posible con la familia.

Hasta ahora mi idea del fin de la vida había sido muy diferente, pensé que entrabas en coma, lo que ocurre en algunos casos, pero no en todos. Algunos mueren al dormir, otros a mitad de la tarde, algunos van sin sufrir demasiado y otros pasan por una gran agitación.

Pero la mayoría no desea morir. Vi algo que no había tenido en cuenta hasta entonces, que somos “seres de energía”.

Me cuesta ponerlo en palabras, pero a medida que van llegando al final, más puedo notar aquella energía que se va desvaneciendo y generalmente uno o dos días antes del deceso, la atmosfera se llena de una presencia muy pacífica y silenciosa.

Una tarde de verano una de las pacientes me dijo “Quítame afuera” y la ayudé a salir al jardín.


Afuera miró y me dijo “Mira el cielo, el movimiento de los árboles, los pájaros que cantan en las ramas, el aire, la luz, el calor, el olor del jardín. Voy a extrañar tanto todo esto”, y se echó a llorar, y yo lloré con ella.


Yo lloré por el tiempo que viví sin notar la belleza del mundo en el que vivo todos los días.

No pienses tanto para cambiar de carrera si así lo deseas, es bueno darse otras oportunidades en esta única vida.

Y cuando llegue la muerte, la muerte es tan serena y pacífica. Ahora que la he visto acontecer tantas veces, puedo decir que es tan natural como la salida del sol.


Sobre la Autora: Doraliz Aranda escribe desde Derby-Inglaterra. Ella escribe sobre salud mental y emocional en la vida y en el trabajo. Visita www.doralizaranda.com

 
 
 

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