¿Por qué escribo sobre salud mental?
- 27 abr 2017
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 26 ene
Vi algo que me hizo pensar y entender sobre lo complejo que somos los seres humanos y sobre nuestra vulnerabilidad ante tantas situaciones a las que estamos expuestos sin importar nuestro grado académico o posición social.
El otro día vi esta publicidad en donde las siguientes escenas transcurrían:
Abre la puerta de un consultorio médico un paciente que se ha roto una pierna y el doctor le dice – “Regresa a casa, piensa positivo y la pierna sanará”. La siguiente escena muestra a un paciente que llega al doctor con un terrible dolor por gastroenteritis y otro doctor le dice – “Regresa a casa, piensa positivo y el dolor pasará”. La última escena llega un paciente con problemas de depresión y el doctor le dice – “Regresa a casa, piensa positivo y tu mente sanará”.
Era una publicidad que ayudaba a confrontar con algo muy cierto. Nuestro grado de desconocimiento sobre salud mental es ridículo, y es tal vez por eso que se ha vuelto epidémico en todo el mundo.
El estrés de un ambiente laboral difícil, las enfermedades físicas de nuestros seres queridos, las obligaciones financieras, las responsabilidades desproporcionadas en la familia, el desempleo, la muerte súbita de alguien querido, y un sinfín de situaciones pueden afectar nuestra capacidad de afrontamiento, y por ende nuestra psiquis, en donde “simplemente pensando positivo” no sería suficiente.
Yo he vivido la depresión, he estado en ese vacío y desierto interno en el que perdí control sobre funciones básicas de mi organismo, como el apetito o el poder dormir y les puedo decir que pensando positivo no fue suficiente. Sobre todo cuando llegas a un nivel donde tu propia capacidad para pensar y procesar información está terriblemente afectada, y con eso se desequilibra tu capacidad para autogestionarte.
Me tomó cerca de 24 meses recuperarme, y requerí tratamiento farmacológico, psicólogo y adherí otras terapias alternativas también a mi tratamiento, a la vez de rodearme de personas muy buenas que me entendieron y me dieron fuerzas.
Necesité de mucha comunidad, cariño y comprensión.

Sin embargo, la desinformación existen, y el estigma hacia las personas que han padecido de depresión severa en los países sudamericanos es real, sobre todo en el ambiente laboral.
Lo mismo ocurre en otras partes del mundo. Llegamos a pensar que esa persona que lo ha padecido ya no es confiable, es débil, o peor, que es pesimista. "Todas esas ideas son estigmas".
Me senté un día en un café con una amiga española, mientras escribía mi libro y le pregunté si también en España ocurría esto y me respondió -“Sí, es que quién no ha visto a un loco en algún pueblo con ropa desaliñada corriendo y gritando fuera de control?” y continua –“yo pienso que cuando hablamos de problemas mentales, asociamos inmediatamente con ese tipo de situaciones, sin entender que ansiedad o depresión son otros tipos de problemas mentales y no estamos exactamente locos”.
Una amiga hindú me dice con mucha tristeza que a las personas con depresión o bipolaridad en su cultura, las familias los esconden, los aíslan, por vergüenza y temor al prejuicio social.
Aislar es lo peor que podemos hacer, porque estas enfermedades necesitan de comunidad, de comprensión y sobre todo amor, el apoyo es fundamental.

Pero también, si entendiéramos cómo funciona nuestro mundo interior y el efecto del estrés en nuestro cuerpo a nivel celular y en nuestros neurotransmisores del cerebro, les aseguro que muy pocas personas estarían dispuestas a exponerse al tipo de trabajos en donde ya en el anuncio dicen: “trabajo bajo presión en un ambiente acelerado”, porque eso equivale a encerrarse con un tigre en una jaula por 8 horas y la naturaleza no nos diseñó para funcionar de ese modo.
Muchos jóvenes en sus 20 ya están con trastornos de ansiedad y algunos recetados con tranquilizantes, una triste realidad.
Los adultos que las consumen llegan a pensar que los necesitan en el organismo como vitamina. La dependencia psicológica a medicamentos prescriptos es hoy en día un nuevo problema.
Naturalmente que si tú no aprendes a entenderte y sobre salud mental, agregaras una dosis de estos medicamentos a tu vida, tal vez para siempre, pensando que es lo único que te puede calmar.
Sin embargo, el cerebro produce de manera natural un sistema de neurotrasmisores llamados GABA, al cual se le llama también “el Valium del cerebro” porque su efecto es exactamente la de calmarnos.
Producimos GABA al caminar en la naturaleza, en un momento de calma cerca de un río o lago, meditando, orando con devoción, escuchando los sonidos de la naturaleza o una música que nos gusta y es así como nuestros ancestros sobrevivieron a las preocupaciones de la vida.
Cuando los sistemas GABA están balanceados en el cerebro nos sentimos calmados, dormimos bien y nuestra satisfacción en la vida aumenta.
Cuando hablamos de depresión y ansiedad hablamos de enfermedades muy complejas, donde muchos de los neurotrasmisores se dañan, y no sólo se curan con “pensamiento positivo” y mucho menos con una dosis de tranquilizantes, en donde pasarás de la ansiedad o la depresión a la dependencia hacia medicamentos prescriptos.
Generalmente quienes detectan un trastorno mental son los neurólogos, gastroenterólogos, cardiólogos y clínicos. Porque el que está muy nervioso o tiene taquicardia se irá a un neurólogo o cardiólogo, pero esos pueden ser síntomas de ansiedad.
Otra persona irá a un gastroenterólogo pensando que tiene algún problema estomacal por la falta de apetito o por el flujo de acides en su estómago, pero esos son unos de los síntomas de depresión también.
Generalmente estos profesionales derivarán a la persona a un psicólogo quien verificará el grado de severidad de la ansiedad o depresión y de acuerdo a ello envía a un psiquiatra quien será el encargado de otorgar la prescripción correcta, ya sea el antidepresivo que podría funcionar y lo irá dosificando o cambiando si es necesario para balancear los niveles de serotonina en el cerebro y si receta un tranquilizante debería “por ética” discutir con su paciente los riesgos de la medicación y el tiempo que debería tomarlo cómo máximo.
Asi que señores, quien va a un psicólogo o a un psiquiatra es alguien que desea recuperarse.
Mi madre me contó hace algunos meses, el triste caso de un hombre que perdió a su esposa y empezó a salir a sentarse a su vereda todos los días, dejó de asistir al trabajo, y permanecía allí hasta en los días de lluvia. Fue tanta la preocupación de los vecinos que llamaron a la televisión y hablaron del caso para que lo ayudaran.
Pero señores, lidiar con la muerte de un ser amado no es fácil, y todos pasamos por pérdidas desgarradoras muchas veces, pero les digo, aquel hermoso ser humano que acababa de quedar viudo no había enloquecido, habia perdido a su esposa.
Lamentablemente, los familiares que se enfrentan con una gran tragedia como el suicidio siempre dicen lo mismo: -“no sabíamos que estaba tan deprimid@”.
La depresión, cuando hay prejuicio genera vergüenza y quien lo padece sufre en silencio, hasta que toma una decisión drástica para terminar con la aflicción, pero la persona que se quita la vida no es un mal ser humano, esa es la enfermedad y allí hemos perdido la batalla todos, hemos perdido la oportunidad de ayudarl@.
Muchas situaciones nos pueden llevar a la depresión, porque esta enfermedad no es sólo genética, también se activa con lo que nos ocurre en nuestro medio ambiente.
Necesitamos entender sobre salud mental, insisto, del mismo modo que entendemos de geografía y sabemos dónde está cada país. Necesitamos entender nuestra geografía interna y necesitamos ser más compasivos con las personas que padecen enfermedades mentales.
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