Monterrey



Acababa de tomar un empleo con una organización internacional, sería el empleo que más satisfacciones me brindaría en mi carrera anterior.


He tenido mucha academia y clases de lenguaje, nunca me fue difícil encontrar trabajo. Pero irónicamente no había tomado aquel empleo para destacarme en mi vida laboral, sino porque quería estar cerca de alguien.


Cuando me contrataron me pusieron en su programa y comenzamos a pasar más tiempo juntos en reuniones, visitas a clientes. seminarios, y esas cosas normales de trabajo. Pero a veces cuando me miraba notaba que alguien más me miraba, y no era precisamente mi jefe.


De vez en cuando notaba ese destello, pero luego recuperaba rápidamente su compostura de jefe.


Es que los ojos hablan. Las mujeres conocemos ese lenguage inaudible, a veces lo ignoramos, otras veces le damos bienvenida.


Al notar aquello decidí hacer el golpe, como dije no estaba allí por el trabajo y nos encontrábamos solteros.


Estábamos en Monterrey California, en un tumulto de cabañas construidas en madera a principios del siglo XX, una especie de sitio de peregrinación de la gente “New Age”, muy exquisito lugar. Pero estábamos allí para una conferencia de nuestro sector.


Me colocaron en una cabaña con otras tres chicas, en cambio sabía que en su cabaña él se hospedaba solo.


Una siesta decidí probar suerte. Luego de uno de los tantos seminarios, nos retiramos cada uno a nuestro lugar de descanso.


No hubiera quedado bien que me vieran frente a su cabaña golpeando la puerta, así que fui por atrás.


Su cabaña tenía un balcón con vista al mar y estaba pegado a otras dos. Me quite las sandalias, subí por unos bajos balcones de madera, llegué al gran ventanal de vidrio, la deslicé y entré.

Escuché que se estaba duchando, y vi su cama deshecha.

Tenía los pies llenos de arena, los sacudí, me quité toda la vestimenta, quedé solamente con el esmalte de las uñas, y me metí en su cama.

Todavía recuerdo su cara de espanto al salir sin toalla, y desesperado buscó algo con que cubrirse, mientras yo le miraba sonriendo.

Él era mitad inglés, mitad italiano. No sabía cuál de los lados se activaría, si era el inglés, perdería mi empleo, y tendría una salida vergonzosa in-me-dia-ta, por grosa mala conducta.

Se activó el italiano, se rió y se metió mojado en la cama conmigo. Luego pasamos tres días juntos, que definirían el resto de nuestras vidas.

A los hombres no les gustan las santas, a mí no me gustan los aburridos.

Me quitaron de su programa, a los americanos no les agradan las parejas en el trabajo con desigualdad de poder, lo cual se presta para favoritismo o acusaciones posteriores de abuso de poder. Al cabo de algunos meses él dejaba la organización. Se fue él, me quedé yo trabajando de manera remota, y haciendo viajes eventuales por cuatro continentes.

Le di una hija, nuestro matrimonio duró 12 años. Nunca vivimos en Estados Unidos.

Yo he hecho muchos disparates por amor, pero tengo claro que NO SOY "premio consuelo". Lo sé porque mi madre me lo ha repetido tantas veces que terminé por creerla.

Las mujeres disfrutamos de nuestra sexualidad tanto como los hombres, pero no lo podemos hablar con la misma libertad que ellos.

He tomado mis riesgos cuando veía que el hombre valia la pena para tener mi admiración y estima, y me ha dado sol cuando le he pedido sol.

Hay muchas cosas que te da un hombre, más allá de la aventura y la euforia, y tú también se lo das a él… con el tiempo te das cuenta, no tienen precio.

Pero las relaciones culminan, la vida tiene varios ciclos de vida.


(Sobre la Autora: Doraliz Aranda escribe desde Derby-Inglaterra. Es autora de 4 libros sobre salud mental y emocional, desde la perspectiva de una paciente recuperada. Muy pronto su último libro "El Viaje de regreso a mí" estará disponible en formatos digitales. Para más información visita www.doralizaranda.com/inicio)

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