Miedo, vergüenza, arrepentimiento y la lista incumplida



Una cosa que me da miedo es morir antes que mi hija cumpla los 20, por alguna razón creo que ella podrá desenvolverse mejor luego de esa edad.


Algo de lo que siento vergüenza son mis piernas, son blancas y regordetas, me solían llamar piernas de pollo en el colegio, por eso nunca uso minifaldas, a menos que me ponga unas medias finas oscuras y botas. Pero mis piernas son fuertes, las valoro, nunca las sometería al bisturí, me gusta caminar o andar en bicicleta.


Algo de lo que me arrepiento es haberle perdido la pista a un muchacho que conocí en el pasillo de un hospital que estudiaba medicina, era del campo, tenía panal de abejas y vendía miel para costear sus estudios. Le di mi número y solía llamarme aunque lloviera desde una cabina pública, de esas de antes, de color naranja cubiertas con entorno de plástico.


Una noche de tormenta me llamó, llovía a cántaros afuera, yo estaba en la comodidad de la pieza de mi madre, pero escuchaba que cada cinco minutos echaba más monedas para continuar con la llamada y me hablaba tiritando.


Ese gesto hoy vale más para mí que las flores y los anillos que me regalaron.


Por muchos, muchos anos, me dediqué a trabajar y a lograr objetivos en el terreno laboral, uno tras otro, hasta que le vi a un filósofo en la tele diciendo “Piensa cuando fue la última vez que alguien te envió una carta de amor, o te pidió un beso, o te encaró pidiéndote sexo”.


Me di cuenta que yo me pase estudiando y trabajando, nunca había hecho esas cosas a un chico, tal vez porque en mi cultura se espera que la iniciativa "siempre" lo tome el hombre. Este filosofo continuó su charla diciendo, “esas cosas son las que menos se olvidan”.


Me puse como meta hacer esas tres cosas a tres hombres, así no me acusaban de acoso.


Cuando le encaré a uno y le dije que quería sexo, se rió y me dijo “ni aunque esté borracho”.


También me paré un día durante una consulta y le pedí a mi médico que me diera un beso, él llevo la nuca para atrás y levantó alto las cejas, me apoyé por la pared al estilo Ricardo Darin y le dije confiada “Dale, dame un beso”. Mi médico se corrió del lado que no le bloqueaba con el brazo, se dirigió hacia la puerta, la abrió y me pidió que me fuera, escuché que la cerró con toda su fuerza detrás mío.


Me fui diciendo “que papelón...pero muerta en combate".


Volví un año después, se fue a buscarme en la sala de espera, algo que solo hacían las enfermeras. Me llevó hasta el consultorio y fue de lo más amable y sonriente como un Adonis.


A los hombres no les seduces en el momento, se van, se miran al espejo y se seducen ellos solos.


Nunca me dio el beso, hubiera podido perder su licencia, aunque yo no sabía eso cuando se lo pedí. Me gustaba tanto, no me hubiera quejado NUNCA, pero creo que a eso en la profesión médica le llaman “integridad”.


En cuanto a la carta, también lo envié quien pensé era el indicado, no fue contestada.


No se si buscaba un resultado, o simplemente buscaba hacer un regalo inolvidable a alguien que ante mis ojos fuera merecedor.


Esta vida da vueltas, y a la larga te permite un empate. Pero cuando hablas de estas cosas tan bochornosas a alguien, la persona se abre a ti, ríes, desarrollas una amistad y tú te sientes que puedes ser escuchada cuando hablas de tus vulnerabilidades.


Piensa en tu lista de cosas no hechas, un miedo que tengas, una vergüenza, y un arrepentimiento.



Sobre la Autora: Doraliz Aranda escribe desde Derby-Inglaterra. Es autora de 4 libros sobre salud mental y emocional. Visita

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